En los laboratorios y campos experimentales del INTA, la quinoa dejó hace tiempo de ser un cultivo ancestral de los Andes para convertirse en una apuesta científica de largo aliento. Hoy un nuevo horizonte se abre desde la posibilidad de que una variedad desarrollada en Argentina pueda, algún día, crecer en los suelos hostiles de la Luna o de Marte.

La protagonista de esta historia es la quinoa variedad Morillos. “Estamos aportando las semillas para este experimento, que son el resultado de un proyecto de más de diez años”, explica el Dr. Luis Erazzu. Ese recorrido comenzó con la recolección de germoplasma en los valles de Calingasta, en San Juan, y continuó con sucesivas etapas de selección y mejoramiento hasta lograr una variedad estable, finalmente inscripta en el Instituto Nacional de Semillas.

No se trata de una elección azarosa. La Morillos INTA fue elegida por su capacidad de adaptación, una cualidad que la distingue incluso dentro de una especie de por sí resistente. “Ha mostrado una gran adaptación a diferentes ambientes, desde Jujuy hasta Buenos Aires, y desde San Juan hasta zonas del este del país”, detalla la ingeniera agrónoma Daniela Fontana.

San Juan, uno de esos escenarios donde se probó esta quinoa, ofrece condiciones que, sin ser idénticas, evocan algunos de los desafíos que plantea el espacio. Hay suelos pobres, casi rocosos, lluvias escasas y una marcada restricción hídrica. “Son ambientes muy áridos, con muy baja disponibilidad de nutrientes”, describe Erazzu. En ese contexto, la quinoa no solo sobrevive, sino que responde con una plasticidad notable.

Esa resistencia no es casual. La quinoa es una planta halófita, capaz de crecer en suelos con altas concentraciones de sal, una característica que la vuelve especialmente atractiva frente a escenarios extremos. “A diferencia de cultivos tradicionales como el maíz, el trigo o la caña de azúcar, que son muy sensibles a la salinidad, la quinoa se adapta e incluso puede crecer mejor en esas condiciones”, señala Fontana. A esto se suma un requerimiento hídrico considerablemente menor. Puede desarrollarse con precipitaciones de entre 400 y 600 milímetros, muy por debajo de otros cultivos.

Pero la fortaleza de la quinoa no se limita a su rusticidad. Desde el punto de vista nutricional es un alimento de alto valor. Sus granos contienen proteínas de buena calidad, y la planta misma puede ser consumida en estadios tempranos, como brote o plántula. En un eventual escenario de colonización espacial estas cualidades adquieren un peso estratégico.

Hasta ahora, las pruebas realizadas por el INTA se han concentrado en ambientes extremos dentro de la Tierra. Además de las experiencias en Argentina, el equipo ha trabajado en países como Egipto y Marruecos, así como en suelos salinos locales. Cada uno de esos ensayos fue aportando información clave sobre la respuesta de la planta frente a condiciones adversas.

En cuanto a los tiempos de crecimiento, cruciales para cualquier planificación agrícola, en condiciones habituales la quinoa puede completar su ciclo entre 90 y 130 días, desde la siembra hasta la cosecha. Pero en escenarios experimentales, donde variables como la radiación, la humedad o la composición del sustrato cambian de manera significativa, esos plazos deberán ser redefinidos.

En ese sentido, la participación del INTA en este proyecto se inscribe en una tradición de investigación orientada a anticipar problemas y construir soluciones. “Siempre estamos pensando en generar alternativas frente a distintos desafíos. Es lo que hacemos: buscar nuevos horizontes y adaptarnos a las condiciones que se presentan”, reflexiona Fontana.

Así, entre ensayos, hipótesis y condiciones extremas, la quinoa vuelve a demostrar su capacidad de adaptación, no solo como cultivo, sino como símbolo. De los valles áridos de San Juan al laboratorio que imagina Marte, su recorrido traza una línea que une pasado y futuro, tradición e innovación. Y en ese cruce, el trabajo del INTA se proyecta, claramente, hacia otros mundos.